Desde que el pasado
domingo conocimos el accidente ferroviario de Adamuz estoy en shock. Se me
vienen muchas palabras a la cabeza, me bloqueo y al final no me sale ninguna.
Me ha costado escribir sobre ello.
Creo que gran parte
de la Nación está también en shock. En shock por el trágico accidente y en shock
por la deriva total de la Nación en la que esta desgracia es como un reflejo de
que nada funciona en el país y el rumbo está totalmente torcido.
Estoy seguro de que
en las cincuenta y dos provincias de España alguien ha llorado por esto din
tener un ser querido directamente afectado.
Desgraciadamente esto
es la crónica de un accidente anunciado por todos los que saben del mantenimiento
de las infraestructuras ferroviarias.
En todo este tiempo
de shock, por supuesto, se me ha venido a la mente el ministro responsable del
ramo, cuyo nombre no quiero ni decir. También ahí me he bloqueado y ni siquiera
he sido capaz de procesar en mi cabeza todos los espumarajos que se podrían
decir contra él y no por el oportunismo del momento sino por haberlo ganado a
pulso.
La Nación está en
shock al saber que hay dinero para todo y todas las gilipolleces del mundo y no
lo hay para lo esencial. Se podrían poner muchos ejemplos, pero nombraré sólo
el drama de los enfermos de ELA abandonados a propósito a su suerte. Insisto, a
propósito.
No hace falta ser un
experto para saber que las infraestructuras ferroviarias están faltas de
mantenimiento e inversión.
El Sistema (por eso
hay que ser antisistema) nos dice que no tengamos coche, que no viajemos en
avión y nos induce a usar un tren que cada día se deteriora más.
La mayoría de la
Nación está en shock y algunos empiezan a reaccionar, pero millones siguen en
su día a día de zombis alentando o justificando el Sistema.
Si todavía no hay
reacción será que debemos aproximarnos más al precipicio.
Alfonso Ruano
20/01/26
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